17 septiembre 2016 Alimentación, Educación

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Magda y José estaban algo mosqueados. Cada vez que se encontraban en la piscina comunitaria de la urbanización con sus vecinos Andrés y Paquita, estos presumían de lo bien que comía y dormía su primer lucero, Julián.

Con tan sólo año y medio minaba a la perfección el arte de llevarse él solito la comida hasta la boca. En cambio, Magda y José estaban pasando por un infierno con su pequeña Marta.

A sus tres años, Marta no aceptaba más que los potitos de farmacia de pescado y verduras en las comidas, y potitos de frutas en la merienda. La niña no probaba el pan ni la leche que no fuera del pecho de su madre (¡a su edad!). Ni siquiera le atraían las golosinas, las patatas fritas, la Fanta o el Cola-Cao. Su paladar se había convertido en una burbuja que sólo admitía tres tipos de potito de farmacia.

Camuflar los alimentos es contraproducenteLlegó la Navidad y la comunidad de vecinos donde vivían ambos matrimonios celebró una comida conjunta. Ese fue el día en que Magda y José descubrieron la estrategia que utilizaban los padres de Julián para alimentarlo y, automáticamente, dejaron de ser un ejemplo para nadie.

Efectivamente, el pequeño de los vecinos engullía sin problemas y completamente solito, pero no sin que antes su madre embadurnara a conciencia el plato con kétchup, fuera cual fuese el alimento. Sí, Julián comía de todo, pero de todo camuflado con la salsa de tomate americana. También añadía postres y meriendas.

El descubrimiento de la verdadera historia —«Érase una vez una madre enganchada a un bote de ketchup »— tranquilizó a los padres de Marta. Sólo entonces Magda y José pudieron superar la desconfianza en sí mismos que les había provocado el éxito de sus vecinos (con quienes, inconscientemente, establecieron una relación de rivalidad). Poco después, acudían a mi consulta, en la que aprendieron a aplicar nuestro método, que convirtió a su pequeña Marta en una verdadera degustadora de cualquier menú variado. Y sin necesidad de ketchup.

Camuflar los alimentos que un niño no aprecia demasiado, bañándolos con ketchup, mayonesa o cualquier otro producto, es contraproducente. Mañana, en la escuela o en casa de los abuelos, tendrá que comerlos al natural. Enseñarle a comer bien es, entre otras cosas, ayudarle a reconocer, aceptar y aprender a disfrutar de todos los distintos sabores de la gastronomía

Fuente | ‘¡A Comer!‘, por Dr. Eduard Estivill y Monste Doménech.

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Comentarios

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