20 junio 2014 Educación, Opinión, Salud

Sin miedo al dentista

Antes de llevar a mi hija al dentista por primera vez, pensé que lo mejor era asegurarme de que no tuviera una experiencia traumática, sobre todo porque eso nos podría traer inevitables disgustos a lo largo de los años. Las experiencias negativas que se imprimen a fuego en la memoria infantil, se transforman en fantasmas que, de forma constante, aparecen, incluso, hasta bien entrada la edad adulta.

En principio no tenemos porqué dudar de las cualidades, ya no profesionales, si no de trato y simpatía de nuestros médicos, pero es cierto que, al igual que en otras profesiones y materias, no todos servimos para tener un trato y tacto especial cuando se trata de niños. Por eso, en la clínica a la que yo acudo de forma habitual, cuando les planteé que necesitaba llevar a mi niña, mi odontólogo me aconsejó que la visitara una compañera suya. Aunque al principio me quedé algo perpleja, la clave era más que evidente.

María es la odontóloga de mi hija y le ha curado alguna caries, le ha echado la reprimenda por los descuidos en el cepillado y, mientras le ajustaba la terrible ortodoncia, le contaba historias de sus niños pequeños que, también, se resistían al “poder del cepillo”. María consiguió quitarle a mi hija ese miedo, casi innato, a las batas blancas que te obligan a abrir la boca hasta límites insospechados.

Pero reconozco, ya sin modestia, que yo también tuve mi parte para que ese horror desapareciera. La llevé conmigo unas cuantas veces a mis revisiones dentales, siempre las menos graves, y aguanté como una campeona los envites de la jeringua, las sondas y las pinzas, agradeciendo, después, que aquella sonrisa mía luciera tan fresca, limpia y bonita. Así que, para mi pequeña, todo eran ventajas cuando acudía al dentista. Y no sólo eso, también cuando día a día seguías el ritual del cepillado y la limpieza bien a fondo.

Otro truco que me sirvió, y mucho, era hacer algo divertido cuando salíamos de la consulta. Ir a la biblioteca a por la última aventura de Gerónimo Stilton, alquilarnos una peli en el videoclub o comernos un helado de yogur con tropezones en la heladería de enfrente, que un día es un día y los dientes son para siempre.

Foto | Diario Femenino

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