27 febrero 2015 Crecimiento

Si se acaba el juego libre se acaba la infancia

Este post es una reflexión individual, pero no soy la única que piensa así, es más, a poco que hagamos memoria (venga, desempolvad un poco los recuerdos) nos daremos cuenta de que hay pocas actividades que haga a los niños tan felices como el juego en libertad.

Bueno, el amor incondicional de los padres, y saberse protegidos también; pero claro, yo hablo de niños de más de siete, acercándose al final de la primera infancia, entre cuyas necesidades ya empiezan a estar la socialización con iguales, y el establecimiento de reglas propias.

Una de las demandas más escuchadas en la actualidad entre padres y madres es “quiero que mi hija / mi hijo sea autónoma / o; independiente, si queréis”. Es una frase que esgrimimos en la cafetería, en las reuniones de clase, e incluso mientras compramos. Claro que las tornas vuelven cuando aquellos pequeños que reconocíamos como propios cumplen 10, 11, 12 años… ¡ay! ¿pero no queríais que fueran independientes? Creo que lo confundimos todo y negamos el apego cuando más lo necesitan (siendo aún bebés) para empujarles a hacerse mayores, y cuando se hacen, nos da miedo.

No penséis que se me ha ido el hilo no, es que esa pretendida autonomía no se puede forzar, pero además de eso es que dejando espacios personales y colectivos de libertad a los niños, los estos procesos resultarían más naturales, obviamente. Porque ¿cómo no va a desarrollar habilidades de relación un niño que no tiene a los padres encima todo el rato?

¿Dónde hemos escondido el juego libre?

A poco que busquéis sobre el juego, o los beneficios (muchos por cierto) de jugar, encontraréis decenas de consejos y recomendaciones. En la práctica no son muy útiles, porque ¿qué consejo va a necesitar un niño para jugar? ¿es que no saben? Hablo de lecturas para padres, y en mi opinión, es bueno destacar lo saludable que es jugar para el desarrollo infantil, aunque pocas veces ahondamos en la importancia del juego libre.

El juego libre como concepto ha ido resbalando de la vida de los niños poco a poco, mientras aparecían las actividades extraescolares, los papás y mamás excesivamente protectores (algunos los llaman “helicóptero”), la ropa limpia (nada de rodillas sucias de tierra). ¿Qué les queda entonces? bueno, siempre podrán presumir de saber inglés, quizás chino, de poder hacer inmovilizaciones de judo, o de tener la libreta de deberes limpia y ordenada aunque solo hayan sumado siete años de vida.

Pero es que la felicidad también cuenta en la vida, solo que – parafraseando a Oscar Levant – es algo en lo que no reparamos hasta que no echamos mano de los recuerdos

Tampoco es que los padres nos debamos sentir culpables no… porque de las ciudades han desaparecido los espacios para jugar (en libertad me refiero), y en su lugar quedan pequeños, pequeñísimos oasis, muchos de los cuales son impracticables, porque si estás más de 30 minutos, la exposición a humo de los coches será considerable. Sin contar con que echarse unas carreras en algunos de los parques resultará complicado por el tamaño de la instalación.

Si se acaba el juego libre se acaba la infancia

¿Y no se puede recuperar el juego libre?

Pues si y no, supongo. Dependerá de cómo de conscientes seamos, y de la capacidad para influir en las decisiones urbanísticas que ciudadanos y organizaciones tengamos.

Para que tengáis un poco más claro que se puede conseguir JUGANDO: los niños se entrenan en relaciones sociales, resuelven conflictos, toman decisiones, hacen ejercicio, etc. Se equivocan, aciertan, se vuelven a equivocar, viven, experimentan su vida, disfrutan y… son felices.

Pero es que además, el juego no interfiere en la vida familiar, ni en el rendimiento académico (aclaro esto para que nadie piense que dejando jugar a su hijo provocará suspensos masivos). Estoy de acuerdo con el pedagogo y pensador Francesco Tonucci, cuando afirma que “los niños necesitan menos juguetes y más libertad”.

El juego dirigido dejémoslo para ocasiones puntuales. Ya sé que el profesor de Educación Física necesita (o eso creo) establecer normas para conseguir que los niños aprendan en las clases. En otros contextos, quitémonos el miedo que como padres nos da que se alejen un poco para hacer una cabaña, o que se caigan, o que no sepan entablar una relación… Estemos ahí por si nos necesitan, pero sin imponer la presencia. Y siempre teniendo en cuenta la edad de nuestros hijos.

Y por último, me gustaría apuntar: puede que el título de la entrada os haya resultado demasiado ¿explícito? ¿contundente? , pero es que propias de la infancia son la espontaneidad, y la capacidad innata de aprender mediante el juego. ¿Qué les queda si les quitamos eso?

Fotos | Flickr – David Pfeffer, Steve Slater

También te puede interesar

Comentarios

Enlaces y trackbacks

  1. La importancia del juego espontáneo: ya puedes disfrutar de Imagine Elephants 20 julio 2015

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *