10 abril 2015 Juguetes y juegos, Opinión

video juegos violentos

Hoy en día el uso de la tecnología por parte de niños es uno de los temas que origina más conflictos en los hogares: los padres entendemos la necesidad de introducir límites en cuanto a horarios y contenidos; los hijos presionan para conseguir nuevas metas…

No soy una tecnófoba, pero en ocasiones se asocia tecnología a consumo de video juegos, y las nuevas tecnologías ¡son mucho más!. Esa es una de las razones que tengo para prestar tanta atención al tema, porque si permito tal ‘reduccionismo’ en casa, les niego a mis hijos que conozcan todas las posibilidades que dispositivos, aplicaciones y conexión a Internet ofrecen. Bueno a lo que iba: desde Nantwich Education Partnership tienen la intención de dar parte a Policía y Servicios Sociales si detectan a familias que permiten a niños menores de edad jugar a videojuegos inapropiados.

Nantwich E.P. es una organización que engloba a colegios de Primaria e Institutos de Secundaria de la zona de Chershire (Reino Unido). En la carta enviada a todos los hogares con niños escolarizados, indican que los juegos clasificados para edades superiores a las que tenga cada pequeño jugador, pueden aumentar la vulnerabilidad hacia la violencia extrema. Se pretende mantener seguros a los niños de posibles excesos en la llamada ‘era digital’.

¿Juegos violentos = comportamientos agresivos?

Parece que en Cheshire descubrieron que algunos niños habían estado jugando o viendo juegos con niveles altos (e inadecuados por tanto) de violencia, o con contenido sexual demasiado explícito. Señalan tres muy conocidos por todos: los GTA, Gears of War, y Call of Duty; y en verdad por lo que observo en mi entorno sí que son muy populares, incluso en niños de entre 8 y 14 años (son las edades con las que más se relaciona mi hijo mayor).

No hace mucho leí sobre unas Jornadas organizadas por la FAD, en la que expertos eran capaces de asegurar que el nivel de agresividad en jóvenes bajaba tras haber jugado algunas partidas a estos juegos; y que de provocar la violencia en una determinada persona, es causa de problemas mentales previos. Personalmente creo que tienen algo de razón, aunque debo reconocer que no se conocen los efectos en el cerebro de los menores cuando se exponen a estos contenidos: una cosa es el nivel de agresividad posterior, y otra es la afectación profunda que pudiera existir.

El sistema de clasificación PEGI, que conocemos bien, y nos ayuda a tomar decisiones en la compra de videojuegos, es de aplicación a muchos países europeos (también Reino Unido). Ya sabéis que hay juegos para mayores de 3, 7, 12, 16 y 18 años. En muchos casos, además de la edad, se debe tomar en consideración el contenido, y es el aspecto sobre el que llama la atención Nantwich.

¿Promover el debate o amenazar?

Tengo un hijo de 11 y una hija de 9, el mayor es un ‘geek’ apasionado por la tecnología, especialmente en lo tocante al consumo de juegos: él sabe las limitaciones que ponemos y las acata no sin quejarse. A esos juegos de los que hablo más arriba ha jugado en casa de algún amigo, tengo muchas razones para que no me gusten para edades tempranas, y niños con características especiales.

Si alguien externo a mi casa tuviera que emprender acciones porque mi hijo hubiera jugado a GTA, preferiría que fuera mediante el diálogo, organizando una charla en el colegio, facilitando información diversa – y al alcance de todos mediante las Redes Sociales -. Entiendo que en ocasiones se cae en la negligencia (imagino un niño de 10 años solo en casa jugando durante horas a Call of Duty mientras sus padres trabajan), pero inicialmente se debe dar una oportunidad a las familias que ‘pueden’ andar desorientadas.

Caer en las amenazas de dar parte a Servicios Sociales o Policia es muy pobre; aunque reconozco que soy la primera que pongo en tela de juicio otras formas de entender la educación parental. Se debería promover la comunicación y la confianza con las familias, y estas lo deberían hacer con los menores de edad. Porque no siempre es negligencia, a veces son falta de apoyos para hacer las cosas de otra forma.

En este sentido se han pronunciado desde un grupo de presión de familias llamado Parents Outloud. Ciertas opiniones critican que se juzgue sobre lo que hacen o dejan de hacer los estudiantes fuera del entorno escolar, aunque yo estoy muy de acuerdo en que en ocasiones se deberá intervenir, puesto que puede que las consecuencias repercutan después en las relaciones entre alumnos.

Sí que coincido con Nantwich en valorar que un niño pequeño no debería moverse por las Redes Sociales que todos conocemos bien (incluyendo Whatsapp), y menos sin supervisión. No entraré en los motivos por los que se deberían tener un mínimo de 14 años para crearse un perfil, pero lo que si que está claro es que en la actualidad son para muchos una fuente de problemas por exposición a ciberbullying, o (peor aún) grooming. Además es que si miráis alrededor, veréis cómo desde los 8, se vienen facilitando smartphones a niños que apenas saben relacionarse con otros en la ‘vida real’.

¿Qué pensaríais vosotros si una asociación de profesores os enviara una carta como la que describo más arriba? ¿son necesarios estos métodos o estamos aún a tiempo de reflexionar con calma sobre cómo pueden afectar ciertos videojuegos a nuestros hijos?

Vía | The Guardian, BBC
Foto | Flickr-FireFishMike

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