Por qué la educación inclusiva es clave para combatir la desigualdad desde la infancia
Entrar en un aula es asomarse a muchas realidades distintas. En una misma clase conviven niños y niñas que no parten del mismo punto: algunos llegan con tiempo, apoyo y cuentos antes de dormir; otros, con menos recursos, menos acompañamiento y más preocupaciones a cuestas.
La escuela es, muchas veces, el primer lugar donde esas diferencias se hacen visibles. Pero también puede ser el espacio donde empiezan a reducirse. Cuando niños y niñas de contextos diversos aprenden juntos, no solo comparten pupitre: aprenden a comprenderse, a mirarse sin prejuicios y a construir vínculos más allá de las barreras sociales y culturales que los separan.
El concepto de educación inclusiva implica una forma de organizar las aulas donde todos se miden desde un mismo punto de partida y nadie queda apartado por ningún motivo que provenga del exterior de la escuela. Es una fórmula educativa que permite que todos puedan aprender, participar y sentirse parte del grupo, sin importar su origen, su situación económica o sus necesidades educativas.
La escuela es el primer espacio social para construir igualdad
La infancia es el periodo en el que instintivamente los niños crean las ideas que tendrán sobre sí mismos y sobre aquellos que les rodean. Si a esta edad perciben que van un paso por detrás, que necesitan “algo más” que los demás o que su forma de aprender no encaja, se estará construyendo una sensación errónea que permanecerá a lo largo de sus vidas.
La educación inclusiva actúa justo ahí, en ese momento en que todavía todo es moldeable. Cuando el aula se adapta a la diversidad de ritmos y formas de aprender, los niños dejan de compararse desde la carencia y empiezan a avanzar desde sus capacidades.
Esto ayuda a quien tiene más dificultades, enseñando al resto a convivir con la diferencia, a respetar otros tiempos y a comprender que cada persona aporta algo distinto al grupo.
A veces se piensa que incluir es simplemente permitir que un niño esté en el aula con los demás. Pero incluir va mucho más allá, es integración, es conseguir que levante la mano, que opine, que trabaje en equipo y que sienta que su presencia importa.
La educación inclusiva se nota en detalles como la forma de organizar las actividades, en la adaptación de los profesores y el contenido didáctico, etc. Cuando un niño entiende que su forma de aprender es respetada, su autoestima cambia y se atreve a participar, aprendiendo mejor.
Reducir desigualdades desde el primer día de colegio
La educación inclusiva permite detectar rápidamente las diferencias y actuar en consecuencia antes de que se conviertan en barreras difíciles de superar. Una escuela atenta a su alumnado no deja que nadie se quede atrás por motivos que no tienen nada que ver con su capacidad.
En esta línea, organizaciones como Educo, ONG de infancia comprometida con el derecho a una educación de calidad para todos los niños y niñas, recuerdan con su trabajo que la igualdad de oportunidades es un concepto muy concreto con soluciones simples. Empieza en el aula, en cada niño que necesita un poco más de apoyo para poder avanzar al mismo ritmo que sus compañeros.
Creciendo en un entorno donde se respeta la diversidad, los niños desarrollan empatía, aprenden a colaborar y entienden que cada persona tiene algo valioso que aportar, deja una huella positiva, clara y para toda la vida.
En definitiva, con una educación inclusiva se logra mejorar el rendimiento escolar, mientras se forman personas más tolerantes. Así mismo, reduce el riesgo de abandono escolar y, por lo tanto, aumenta las posibilidades de que, en el futuro, esos niños y niñas tengan más oportunidades académicas y laborales.
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