7 septiembre 2010 Actualidad, Educación

Adiós a la pizarra normal, hola a la electrónica
Cómo ha cambiado el cuento. Cuando nosotros estudiábamos, cuando íbamos al cole y no estoy hablando de muchísimos años atrás, todo era muy distinto de como es ahora. Sin embargo, tampoco distaba mucho de cómo era en la época de nuestros padres. Había cambiado el modelo educativo, los profesores y la manera de enseñar, pero básicamente el colegio seguía siendo el mismo.

Ahora no tiene nada que ver. Es fácil entrar en una clase y encontrarse a niños con ordenador, o incluso en clases en las que ya están instalados en el propio aula o se reparte los aparatos a razón de uno por cada dos o tres alumnos. Pero la gran novedad desde hace unos años nada más son las pizarras electrónicas. El clásico encerado está condenado a desaparecer… al menos de las aulas escolares.

Lo cierto es que son pocos los centros que no sucunben ante el coqueteo de las pizarras electrónicas. Aunque sólo sea un par de ellas para todo el centro, incluso sólo una. Pero la tecnología se hace cada vez más realidad en los colegios. Y, por otro lado, más les vale, ya que los chavales de las nuevas ornadas de generaciones nacen con la tecnología en la mano y eso no se puede cambiar ya.

Parece ser que las pizarras digitales ayudan a establecer nuevas metodologías didácticas de trabajo y obtener una mayor interactividad y participación entre los alumnos. Además incide directamente en la calidad de la enseñanza y en el aprendizaje de los niños, aunque sólo sea por lo novedoso de trabajar con la pizarra electrónica.

Tanto las pizarras electrónica, como los ordenadores o los teléfonos móviles bien utilizados pueden despertar la curiosidad de los chavales y animarles a investigar y a aprender. Pero es preciso marcar ciertos límites para que el estudio no se convierta en un continuo divertimento donde la educación brille por su ausencia.

Aquello de ¿quién quiere salir a la pizarra? ahora se va a volver más popular que nunca y cobrará mayores adeptos, en detrimento del esconderse en el pupitre ante la consabida pregunta.

Foto | Colegio San Fernando

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