23 junio 2010 Opinión, Psicología

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El hecho de ser perfeccionista es un rasgo de la personalidad de nuestro hijo. Este rasgo puede tener cosas a favor y otras tantas en contra. Contar con una saludable ambición es bueno, pero también puede convertirse en un problema si no estamos atentos.

El problema surge cuando lo que domina, tanto en los niños como en los adultos, es la férrea autoexigencia y la angustia para no cometer ningún tipo de error o equivocación.

En muchas ocasiones la tendencia al perfeccionismo suele darse desde muy pequeños. Y llega a tomar diferentes formas: sentir como fracaso toda identificación escolar que no sea una nota perfecta en sus labores, angustiarse por manchar su ropa sin querer, dedicar mucho tiempo del día a los trabajos escolares y muy poco a la diversión y al juego.

Debemos tener en cuenta que existen temperamentos propensos al perfeccionismo, lo vemos cuando un niño muy pequeño guarda sus juguetes de una manera muy precisa o pide que se le presente su comida de la misma manera siempre.

Aunque se pueden ver casos de perfeccionismo en varones, las que más se destacan son las nenas. En muchos casos se tiende a educar a las nenas fomentando un comportamiento más dócil y cumplidor. Generalmente las nenas tienden a hacer lo que se espera de ellas. Es en los varones que se ven conductas más díscolas y rebeldes. Además, si tenemos en cuenta que las mujeres se encuentran incorporadas al mundo laboral cualificado, se suelen autoexigir más para así ganarse un sitio en un área que tradicionalmente ocupaban los varones.

Pero lo que importa es que, sean nenas o varones, debemos estar atentos a este rasgo de personalidad, y si bien no debemos eliminarlo de ellos, debemos aceptarlos como son, pero ayudarlos a descubrir que en el juego y al divertirse también se puede ser feliz y que tener errores es lo más normal del mundo y por cometerlos no deben angustiarse.

Vía | Ser Padres Hoy
Imagen | Flickr

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